Liderar juntos: valores, democracia y política en un mundo que se fragmenta
- Nathalie Méndez Méndez

- hace 5 días
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En casi todas las cumbres entre la Unión Europea y América Latina y el Caribe se repite la misma frase: nuestra relación está fundada en valores compartidos, la democracia, los derechos humanos y el multilateralismo. Estos términos crean consenso en los escenarios de debate público, pero si uno se aleja de los discursos oficiales y mira lo que ocurre dentro de las sociedades, la imagen se vuelve considerablemente más incómoda. La plaza pública se ha convertido en un escenario hostil donde ya no pesan los valores ni el espíritu democrático de generación de consensos, sino la intensidad del agravio, el uso de las emociones como mecanismo electoral y la capacidad de señalar al otro como amenaza.
La Encuesta Mundial de Valores (World Values Survey, WVS) es el estudio transnacional más importante sobre valores humanos, creencias y actitudes. En marcha desde 1981, mide cómo evolucionan las percepciones sobre democracia, tolerancia, género, religión y medio ambiente, y es el único estudio académico que cubre cerca del 90% de la población mundial en todas las zonas culturales (WVS, 2026). Sus resultados de la ola más reciente (octava), recogidos entre 2024 y 2026, no miden preferencias electorales sino algo más profundo, es decir, qué tan democráticos se sienten los pueblos, cuánto confían en sus instituciones y qué los conecta con lo público.
Los resultados de Bogotá, Colombia, condensan esa tensión con una cifra reveladora. El 85% de los capitalinos considera la democracia un buen sistema de gobierno, pero el 59% apoyaría a un líder fuerte capaz de gobernar sin Congreso ni elecciones. A nivel nacional esa cifra es del 63% y creció frente a la ola anterior, igual que el porcentaje que prefiere el gobierno militar (28%). No es una contradicción estadística, sino el termómetro más preciso del momento político que compartimos.
El año en que el mundo fue a votar
El 2024 fue un año electoral de alta intensidad en México, Brasil, Venezuela, Uruguay, El Salvador, India, Indonesia, Estados Unidos y buena parte de Europa. En casi todos esos procesos algo se repitió con una consistencia que ya no puede leerse como accidental, sino que muestra que el lenguaje de la política migró desde la gramática del adversario hacia la gramática del enemigo, y las diferencias dejaron de verse como potencial de construcción colectiva para convertirse en barrera. El adversario es alguien con quien compites, negocias y a quien puedes derrotar en las urnas para luego encontrarte en la misma institución. El enemigo, en los discursos neopopulistas, es alguien cuya mera existencia representa una amenaza, no solo sus ideas sino su presencia, su voz, su legitimidad. La política que habla en clave de enemigos no busca ganar un debate, busca clausurar la posibilidad misma de debatir.
Este desplazamiento ocurre simultáneamente en ambas orillas del Atlántico. En América Latina y el Caribe, el populismo, sea de derecha, izquierda u otra etiqueta, construye sus relatos sobre la denuncia permanente de un nosotros amenazado por unos otros, en el plano interno con la corrupción, la seguridad o la desigualdad, y en el externo con la migración, las guerras o las potencias extranjeras. El mismo patrón se reproduce en Europa, donde el avance sostenido de fuerzas como el Rassemblement National en Francia, Alternativa para Alemania o Fidesz en Hungría ya no puede leerse como anomalía de la periferia del sistema. Es una tendencia estructural que ha permeado los centros políticos del continente. El propio ambiente de polarización se sintió en contiendas electorales en Argentina, Brasil y Chile, y de manera actual en el contexto colombiano, con resultados electorales de primera vuelta que ofrecen opciones en los extremos del espectro ideológico.
Los números acompañan el diagnóstico. Entre 2009 y 2020, la confianza institucional descendió de forma sostenida en América Latina mientras la satisfacción con la democracia caía en paralelo, según el PNUD (2021). El Índice de Democracia 2025 de The Economist registra para la región un deterioro por noveno año consecutivo. En Europa, varios países que eran referentes hace una década enfrentan cuestionamientos serios sobre independencia judicial y libertad de prensa. De acuerdo con la WVS, en la mayoría de los países latinoamericanos la confianza interpersonal está por debajo del 10–20% y en varios casos es inferior al 10% (en Colombia llegó al 4% en la última ola). En Europa los niveles son más altos, aunque heterogéneos: por encima del 60% en países nórdicos, entre 30–50% en Europa Occidental y entre 15–30% en el Este y el Sur. No hay convergencia posible de valores sin confianza básica en el otro y, como muestra la teoría, esa confianza es un fuerte predictor de la confianza institucional.
La brecha entre creer en la democracia y vivirla
Los resultados de la WVS permiten distinguir entre el apoyo abstracto a la democracia como ideal y la satisfacción real con su funcionamiento cotidiano. Esa brecha es el caldo de cultivo donde prosperan los liderazgos que ofrecen atajos, en especial, el caudillo que dice que las instituciones están capturadas, o el outsider que promete romper con el statu quo. La desconfianza hacia las instituciones representativas, la sensación de que las élites no escuchan y la inclinación por soluciones de mano dura no son exclusivas de democracias jóvenes. Aparecen en ambas regiones, con el mismo trasfondo, como un desgaste del tono responsable en la política y una frustración creciente frente a la lentitud del Estado.
El dato que más llama la atención es la fractura generacional. En Bogotá, solo el 48% de los jóvenes prioriza vivir en democracia, frente al 71% de los mayores de 56 años y el 74% a nivel nacional. Esa distancia es la señal más clara de que los sistemas democráticos no están traduciendo sus promesas en experiencias concretas para quienes acaban de llegar a la vida política. La deuda con los jóvenes no es solo económica, sino también de sistema, hay demostrarles que la democracia representa derechos y oportunidades reales. Eso empieza por asumir la responsabilidad compartida y el papel que todos jugamos en articularnos, coliderar y construir comunidad.
Las ciudades conectadas y el territorio que queda atrás
Hay una dimensión que los grandes acuerdos birregionales suelen ignorar; la geografía de los valores no es homogénea. Los resultados de Bogotá ilustran una dinámica que se replica en São Paulo, Ciudad de México, Buenos Aires, Madrid, París o Berlín, estas capitales conectadas al sistema global son laboratorios de transformación de valores, con mayor apertura y mayor escepticismo institucional, mientras vastos territorios periféricos y rurales mantienen marcos distintos, muchas veces más cohesionados, pero más distantes del sistema globalizado.
En Bogotá, por ejemplo, el rechazo a tener vecinos homosexuales cayó del 31% al 13% en una generación. Pero en localidades periféricas de la misma ciudad, tres de cada diez personas aún expresan ese rechazo. Si eso ocurre dentro de una sola capital, la distancia con el interior del país es aún mayor. Los grandes acuerdos se negocian en capitales, pero se implementan o se bloquean en municipios, barrios y comunidades. La concentración de población en ciudades conectadas al sistema global produce, paradójicamente, dos efectos simultáneos. Primero, acelera el cambio de valores en esos núcleos, y segundo, profundiza la distancia con el resto, generando el terreno fértil para el descontento territorial que los populismos saben aprovechar muy bien.
El liderazgo que necesitamos no tiene un solo nombre
Frente a todo esto, la respuesta más frecuente ha sido la del líder heroico, caracterizado como un individuo extraordinario que llega a resolver lo que las instituciones fallaron en sostener. Es un modelo que seduce en períodos de frustración colectiva, pero que casi invariablemente termina profundizando los problemas que prometía resolver, porque concentra el poder y convierte la personalización en sustituto de la deliberación democrática.
La investigación sobre liderazgo colectivo desarrollada en la Escuela de Gobierno de la Universidad de los Andes propone algo diferente (Forero, Méndez y Recio 2023). Su argumento central es que el liderazgo no es la suma de capacidades individuales excepcionales sino un proceso dinámico y relacional que emerge de la interacción entre personas, redes y contextos para lograr el valor público (Forero et al., 2023). La pregunta no es quién es el mejor líder, sino qué condiciones permiten que comunidades enteras ejerzan liderazgo de manera sostenida y corresponsable. Ese desplazamiento es también una respuesta política a la gramática del enemigo, porque el liderazgo colectivo no funciona con un relato binario de nosotros contra ellos. Requiere horizontalidad, colaboración y reconocimiento de la diversidad como recurso, no como amenaza.
La Encuesta Mundial de Valores en su octava ola (2024) identifica un patrón que apunta exactamente en esa dirección. Mientras la confianza en las instituciones cae y la confianza en los otros cae, al menos en Colombia y otros países de América Latina, la confianza en las familias y vecinos se mantiene. Las personas ya no confían en los partidos ni en los parlamentos, pero sí en su red inmediata (familia y amigos principalmente) y en las organizaciones comunitarias que conocen de cerca. Ahí hay una pista fundamental. El tejido democrático no se reconstruye solo desde la cúspide institucional hacia abajo, sino desde los territorios hacia arriba.
Tres estrategias concretas para empezar
Los valores compartidos no son un punto de partida, son un horizonte por construir. La WVS muestra que las sociedades europeas y latinoamericanas comparten aspiraciones democráticas en abstracto y que al mismo tiempo están atravesadas por fracturas que esas aspiraciones no han logrado integrar. Como la brecha generacional, la distancia entre capitales globalizadas y territorios invisibilizados, y la paradoja de quien apoya la democracia, pero también apoyaría a un líder que la suspenda si eso promete resolver sus problemas urgentes. Ese es el panorama democrático actual en ambas regiones, no una crisis terminal, sino una tensión real entre el ideal y la experiencia cotidiana.
De ese diagnóstico se desprenden al menos tres ideas concretas para la agenda de cooperación entre la Unión Europea y América Latina. La primera es formar líderes que lean los datos de valores como información relevante sobre fracturas y oportunidades, no como obstáculos a gestionar. Un servidor público que sabe que la confianza institucional en su país está en mínimos históricos tiene que diseñar sus intervenciones de manera radicalmente diferente apelando a la reconstrucción de la confianza como elemento base de la legitimidad y la gobernanza.
La segunda es integrar la perspectiva territorial en los programas de formación de universidades, centros de pensamiento, partidos políticos y otros escenarios sociales y políticos. Cómo gobernar con baja confianza y alta polarización no tiene respuesta desde los escritorios ministeriales ni desde las cumbres. Requiere llegar a los líderes municipales, a las organizaciones de la sociedad civil, a quienes llevan años construyendo confianza en contextos adversos, precisamente los actores que las capitales conectadas tienden a invisibilizar.
La tercera es la más estructural: Romper con el liderazgo heroico como ideal formativo. Nuestros entornos latinoamericanos y europeos siguen produciendo, con demasiada frecuencia, profesionales que internalizan que liderar es una propiedad de individuos excepcionales y habilidades técnicas más que relacionales y humanas. Lo que la investigación de Forero et al. (2023) señala con urgencia es que se necesitan liderazgos colectivos capaces de sostener procesos sin necesitar un salvador, y de hacer de la pluralidad una fortaleza. Eso es también, en el fondo, lo que la democracia prometió desde el principio.
Referencias:
Encuesta Mundial de Valores (2024). Datos de la Octava Ola para Colombia. Próximos a publicación.
Forero, S., Méndez, N. y Recio, M. (2023). Tejer el liderazgo público: estudio y construcción de un marco conceptual y de competencias. Ediciones Uniandes. https://gobierno.uniandes.edu.co/documento-de-trabajo-no-101/
PNUD (2021). Informe Regional de Desarrollo Humano 2021. Atrapados: Alta desigualdad y bajo crecimiento en América Latina y el Caribe. Nueva York: PNUD. https://www.undp.org/es/latin-america/informe-regional-de-desarrollo-humano-2021
The Economist Intelligence Unit (2025). Democracy Index 2025. Londres: The Economist Group. https://www.eiu.com/n/campaigns/democracy-index-2025/
World Values Survey (2026). Wave 8 Results (2024–2026). Viena: WVSA.

Nathalie Méndez es Profesora Asociada de la Escuela de Gobierno Alberto Lleras Camargo de la Universidad de los Andes, y tiene un doctorado en Ciencias Políticas de la Universidad de Texas A&M en los Estados Unidos. Es directora de la Maestría en Gestión Pública (MPA).
Su trabajo actual se centra principalmente en la Gestión Pública y el Liderazgo. Es Investigadora Principal de la Encuesta Mundial de Valores para Colombia y coordina los temas de liderazgo público en la Escuela de Gobierno. Sus principales áreas de interés son la Gestión Pública, la Gobernanza Colaborativa, el Liderazgo, el Desarrollo Local, la Descentralización y la Administración Pública. También ha trabajado temas relacionados con la construcción de paz y la cultura política.
Las opiniones expresadas en este blog son exclusivamente las de la autora y no reflejan las opiniones de la Red EULAS.



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