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Sinergias académicas entre la UE y América Latina

La lusofonía como puente transregional: Brasil, Europa y los PALOP en un sistema internacional multipolar

La política exterior brasileña rara vez es analizada desde su dimensión africana. Sin embargo, las relaciones entre Brasil y los Países Africanos de Lengua Oficial Portuguesa (PALOP) constituyen uno de los laboratorios más reveladores para comprender cómo un país semiperiférico, con aspiraciones de afirmarse en tanto que potencia media, puede ejercer autonomía en un sistema internacional multipolar. Durante la primera administración de Lula da Silva (2003–2010), Brasil protagonizó una de las transformaciones más significativas en la historia de la política exterior latinoamericana. Lejos de limitarse a gestionar su tradicional alineamiento con Washington, Brasilia adoptó una estrategia que Vigevani y Cepaluni (2007) denominaron "autonomía a través de la diversificación": la búsqueda deliberada de nuevos socios en el Sur Global para ampliar el margen de maniobra internacional de Brasil y reducir su dependencia estructural respecto del Norte Global. Esta orientación no fue exclusiva de Brasil. En el mismo período, Argentina bajo los Kirchner y Venezuela bajo Chávez emprendieron trayectorias similares, construyendo redes de cooperación Sur-Sur que representaron una novedad en las políticas exteriores latinoamericanas.


Lo que diferenciaba a Brasil de sus vecinos era la profundidad de sus recursos de poder blando: la lengua portuguesa, la afrodescendencia, la tradición de cooperación técnica y académica, y una diplomacia multilateral con décadas de experiencia en foros globales. Esos activos convertían a Brasil en un actor capaz de proyectar influencia en África. Esta dinámica puede ser conceptualizada a través del marco de la autonomía multipolar, entendida como la capacidad de un Estado semiperiférico de aprovechar la dispersión del poder en el sistema internacional para elevar su estatus y reducir sus dependencias, combinando recursos materiales e inmateriales en una estrategia de inserción internacional que prioriza el Sur Global sin renunciar al diálogo con el Norte. En este marco, el poder blando no es un complemento decorativo de la política exterior brasileña, sino una importante ventaja comparativa en el espacio lusófono africano.


La arquitectura lusófona como espacio transregional

El vehículo institucional privilegiado de esa proyección brasileña hacia África es la Comunidad de Países de Lengua Portuguesa (CPLP), creada en 1996, que reúne a Angola, Brasil, Cabo Verde, Guinea Ecuatorial, Guinea-Bissau, Mozambique, Portugal, Santo Tomé y Príncipe y Timor-Leste. La CPLP no es solamente un foro cultural: es una red diplomática que otorga a Brasil una presencia legitimada en el continente africano que ningún otro actor latinoamericano posee. Su instrumento más tangible es el programa de movilidad estudiantil PEC-G, que ha canalizado hacia universidades brasileñas a miles de estudiantes de los PALOP, consolidando vínculos académicos, profesionales y personales de largo aliento.


Lo que hace geopolíticamente singular a esta arquitectura es que Portugal participa simultáneamente en la CPLP y en el Foro de Macao —organización multilateral creada por China en 2003 que reúne a los países lusófonos bajo el paraguas de la región administrativa especial de Macao— siendo al mismo tiempo miembro pleno de la Unión Europea. Esto significa que la lusofonía constituye, de facto, un espacio transregional en el que las políticas exteriores de Brasil, la UE y otros actores globales se cruzan, compiten y, potencialmente, pueden complementarse. La membresía solapada de estos actores en distintos foros lusófonos no es una curiosidad diplomática: es una variable geopolítica que define las posibilidades y los límites de la cooperación en el espacio africano de lengua portuguesa.


El poder blando brasileño y su complementariedad con Europa

La presencia europea en la CPLP ha estado históricamente mediada por Portugal, cuya política africana oscila entre su herencia colonial y sus compromisos como Estado miembro de la UE. Esta doble pertenencia es simultáneamente una limitación y una oportunidad. Es una limitación porque la memoria colonial portuguesa genera tensiones diplomáticas en la CPLP que condicionan el alcance de la influencia lisboeta en África. Es una oportunidad porque Portugal actúa como bisagra entre la arquitectura lusófona y la institucionalidad europea, abriendo una vía de inserción para la UE en el África de lengua portuguesa que no está mediada por el peso colonial directo.


Brasil ocupa en ese esquema una posición singular. A diferencia de Portugal, la relación de Brasil con el África lusófona no está cargada de la asimetría colonial, sino de una solidaridad poscolonial construida sobre la afrodescendencia compartida, la lengua común y décadas de cooperación técnica y académica. Esa legitimidad cultural es el recurso que hace del poder blando brasileño un activo complementario, antes que competitivo, respecto de los instrumentos europeos de cooperación al desarrollo. Donde la UE puede ofrecer financiamiento, acceso a mercados y transferencia tecnológica, Brasil puede aportar legitimidad simbólica, redes académicas y una diplomacia culturalmente anclada en la experiencia africana. La combinación de ambos recursos en una agenda coordinada representaría un valor agregado considerable para los PALOP, cuya capacidad de negociación frente a actores externos se incrementa en la medida en que diversifican sus socios y sus fuentes de cooperación.


Una agenda transregional infrautilizada

La UE se encuentra en un momento de redefinición estratégica. La búsqueda de socios confiables en el Sur Global, la necesidad de dotar de contenido real al acuerdo Mercosur-UE y la creciente volatilidad en las relaciones transatlánticas bajo el segundo mandato de Trump han generado incentivos renovados para que Bruselas profundice sus vínculos con América Latina. Sin embargo, esa agenda transregional ha tendido a concentrarse en los intercambios comerciales y en los mecanismos de diálogo político interregional, descuidando dimensiones menos visibles pero igualmente estratégicas, como la cooperación trilateral en terceros espacios geográficos. El espacio lusófono africano representa precisamente una de esas dimensiones infrautilizadas. Una agenda coordinada entre Brasil y la UE en los PALOP, articulada a través de la CPLP y con Portugal como interlocutor privilegiado, podría desplegarse en torno a tres ejes complementarios. El primero es la cooperación educativa y académica, fortaleciendo y ampliando los programas de movilidad estudiantil que Brasil ya implementa, con financiamiento europeo que eleve su escala e impacto y que consolide redes de conocimiento Sur-Sur con anclaje institucional en Europa. El segundo es el fortalecimiento de la CPLP como organización de desarrollo, dotándola de mayor capacidad operativa para implementar proyectos concretos en los PALOP, con Brasil y Portugal como ejes complementarios y con recursos europeos que amplíen su alcance más allá de la dimensión cultural. El tercero es la articulación de una posición común Brasil-UE en los foros multilaterales lusófonos, que permita a ambos actores proyectar una visión compartida sobre gobernanza, desarrollo sostenible y derechos humanos en el África lusófona, aprovechando los solapamientos institucionales ya existentes.


La lusofonía no es solo un legado histórico. En un sistema internacional multipolar, donde la recomposición de las alianzas globales redefine los márgenes de maniobra de los actores en el Sur y en el Norte Global, la arquitectura institucional lusófona puede convertirse en un recurso geopolítico de primer orden. Para que eso ocurra, Brasil, Portugal y la UE necesitan ser capaces de articular una visión compartida que trascienda los intereses nacionales inmediatos y apueste por una presencia colectiva en el África lusófona con capacidad real de incidencia. El poder blando brasileño y la capacidad institucional europea son, en ese sentido, recursos complementarios que todavía esperan ser combinados de manera estratégica.


Alberto Maresca es candidato doctoral en Ciencia Política en la Universidad de Ghent, donde desarrolla su proyecto de investigación "South America within the Global South: Multipolar Autonomy in the Foreign Policies of Argentina, Brazil, and Venezuela", con una beca BOF y en calidad de fellow del UNU-CRIS. Es máster en Estudios Latinoamericanos por la Universidad de Georgetown y en Diplomacia y Relaciones Internacionales por la Escuela Diplomática de España.





Las opiniones expresadas en este blog son únicamente de la autora y no reflejan las opiniones de la Red EULAS.

 
 
 

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